
En la primera semana de agosto destacan en Japón las manifestaciones y por la paz y las asambleas memoriales por las víctimas de Hiroshima y Nagasaki. Sesenta y cuatro años después, se mantiene la antorcha de esa memoria histórica, para que no se repita la tragedia.
Los obispos japoneses, que se adelantaron a otras religiones al pedir públicamente perdón por la condescendencia de pre-guerra ante las presiones del gobierno nacional-sintoísta, repiten cada año su mensaje de paz y defienden la Constitución japonesa: renuncia al rearme y a la guerra. El 7 de agosto se reúne en Nagasaki la Red de Ciudades por la Paz, alcaldes de 2963 ciudades de 134 países. Para el día 6, aniversario del democidio, el arzobispo de Tokyo, Takeo Okada, Presidente de Justicia y Paz, hace una declaración que aúna la urgencia del desarme con la situación mndial de crisis económica. “Muchas víctimas de la crisis son emigrantes. Sufren las injusticias del sistema quienes menos culpa tienen del desastre y a quienes se deba parte del crecimiento precedente. Como en las guerras: mayoría de víctimas civiles ajenas a las causas de las contiendas”. Cita explícitamente a Obama, que habló el cinco de abril en la República checa, y reiteradamente, sobre desarme. “Sorprende, dice el prelado japonés, esta declaración del dirigente de un país que ha bombardeado civiles, posee el mayor arsenal atómico, y fue el primero en usarlo contra una población”.
Mientras leo estas declaraciones de monseñor Okada, tengo sobre mi mesa dos libros: uno, recién publicado, por un grupo de historiadores preocupados por lo trágico, a la vez que inútil, de tantísimos bombardeos bélicos sobre la población civil: Bombing civilians. A Twentieth Century History, ed. por Yuki Tanaka y Marilyn Young (N. York, The New Press, 2009). Otro, de David Livingston Smith, explora la etiología bélica en la innata ambigüedad del ser humano, el animal más peligrosamente agresivo, como dice el título: The most dangerous animal (N. York, St. Martin Press, 2009).
Evoca este autor los genocidios del pasado siglo. Entre otros: los sesenta mil muertos en Namibia a manos de los alemanes,en 1907; el millón y medio de cristianos armenios matados por los turcos en 1916; los cuatro millones de rusos caídos por obra de su propio gobierno durante el terror de 1938; los trescientos mil habitantes de Nanking masacrados por los japoneses en 1937; los doscientos mil musulmanes, serbios ortodoxos y razas discriminadas, que caen víctimas del régimen castólico Ustashi en Croacia en la segunda guerra mundial; los doscientos mil musulmanes caídos en la guerra por la independencia de Algeria contra los franceses; el millón de Tutsis muertos a manos de los Hutu en Rwanda, en 1994; y un largo etcétera, que hay que abreviar, porque ocuparía dos páginas más. Estamos, insiste el autor, ante cifras de víctimas entre la población civil.
Coinciden también los autores de la otra colección citada de ensayos históricos en argumentar en contra de la presunta utilidad o efectividad estratégica de los bombardeos, así como en poner de manifiesto que suelen quedar sin rendir cuentas a la comunidad internacional quienes perpetraron los peores crímenes contra la humanidad. Aunque no se hubiese dado la horrorosa matanza de Hiroshima y Nagasaki, los bombardeos indiscriminafdos sobre Tokyo -más de cien mil víctima civiles muertas y cientos de miles heridas, más zonas enteras de ciudad arrasadas- bastarían para exigir una fuerte rendición de cuentas a los vencedores que jamás reconocieron su crimen. No eran lo que hoy se llama meros “daños colaterales”, sino matanzas directamente pretendidas para desmoralizar a la población.
Ha sido una constante de las guerras desencadenadas por Norteamérica el bombardeo indisciminado sobre poblaciones indefensas, dice Mark Selden. Pero también Japón ha de decir su mea culpa, explica Tetsuo Maeda, contando los bombardeos japoneses sobre Shanghai en 1932 y sobre Congquin en 1938. Hoy tenemos recientes las tragedias de Afganistán e Irak. Pero, ya a comienzos de siglo, esos mismos países habían padecido semejante aflicción, dice la historiadora Yuki Tanaka. Hay que recordar lo que fueron los bombardeos sobre Afganistán en 1919 y sobre Irak en 1920 y 1930 por parte británica. El historiador japonés Tusyoshi Hasegawa cuestiona la presunta necesidad de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki para persuadir a Japón a rendirse y se pregunta si la prisa de Truman en usar la bomba atómica no escondía el temor de que Stalin entrase en la guerra del Pacífico y tuviesen que compartir con la Unión Soviética la ocupación de postguerra.
Me dirán que no son estos temas agradables para días de vacaciones, pero en la primera semana del agosto nipón es ineludible dejarse impactar por el aldabonazo del recuerdo en Hiroshima y Nagasaki. ¿Vendrá próximamente Obama a rezar en Hiroshima por un no a la guerra tajante como el de Juan Pablo II?
(Publicado en La Verdad, de Murcia, el 6 de agosto, 2009)